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Fragmento del libro Illuminati – Paul H. Koch (descarga más abajo)

Diversos libros explican las misteriosas anécdotas que salpican la trayectoria vital de Hitler. Sería laborioso resumir todas ellas ahora, así que nos limitaremos a mencionar algunas por encima:

a) Su nacimiento en el pueblo austríaco de Braunau am Inn, próximo a la frontera con Baviera, y considerado tradicionalmente un centro de médiums y videntes.

b) Sus primeros encuentros con la esvástica, esculpida por doquier en la abadía benedictina de Lambach, donde había ingresado en el coro de seminaristas con la intención de hacerse sacerdote y por donde pasó el monje cisterciense Adolf Lang, que poco después fundó en Viena la Orden del Nuevo Temple. Y su obsesión permanente por los libros de ocultismo, magia, reencarnación y espiritualidad, y su relación constante con personas movidas por los mismos intereses.

c) Su intuición para prever el peligro que, durante una cena con sus compañeros en una trinchera de la primera guerra mundial, le hizo levantarse sin saber por qué y «apenas lo había hecho […] estalló un obús perdido en medio del grupo donde había estado sentado unos minutos antes. Todos murieron».

d) Su capacidad magnética para fascinar e hipnotizar no sólo a las masas, sino individualmente, además de su afán personal por comenzar la conquista política de Alemania justo en Baviera.

e) Su afán por apoderarse de diversos objetos arqueológicos como la llamada Lanza del Destino, perteneciente a las joyas imperiales de los Habsburgo que se guardaban en el Hofburg de Viena y cuya incautación fue una de las primeras misiones de las SS tras producirse el Anschluss o anexión de Austria.

f) Sus extravagantes comentarios, como el que hizo a un sorprendido Herman Rauschning, jefe nazi del gobierno de Danzig: «Si cree usted que nuestro movimiento se reduce sólo a un partido político,¡es que no ha entendido nada!» O el que su séquito pudo escuchar durante el homenaje que rindió a Napoleón ante su tumba en Los Inválidos tras la rendición de Francia: «Una estrella protege París.» Padecía, además, extrañas visiones que le hacían caer en estados de trance o en crisis nerviosas, que según los testigos le llevaban a despertarse por la noche «lanzando gritos convulsivos», «miraba a su alrededor con aire extraviado y gemía: “¡Es él, es él, ha venido aquí!” […] Pronunciaba números sin sentido, palabras muy extrañas y trozos de frases

inconexas […] aunque no había ocurrido nada extraordinario».

g) Su apoyo a las más extrañas misiones de exploración, incluyendo el envío de tropas de montaña a coronar el monte El bruz en el Cáucaso o a entablar contacto con las «autoridades espirituales» del Tíbet. En este sentido, también su obsesión por conquistar Stalingrado, ciudad «construida sobre la antigua capital de los arios», en lugar de concentrar sus fuerzas en la más lógica conquista de Moscú.

h) Sus extraños compañeros de viaje al final del camino: un grupo de tibetanos vestidos con uniformes de las SS desprovistos de insignias que se suicidaron en el interior del búnker del Reichstag en 1945. Hitler había participado como soldado raso en la primera guerra mundial, encuadrado en el Primer Regimiento de Infantería bávaro. Según sus biógrafos, allí se comportó con cierta temeridad. No ascendió más allá de cabo, pero a cambio, recibió la Cruz de Hierro de primera clase, la más alta condecoración para un militar de su rango. Fue uno de los muchos combatientes alemanes que nunca entendieron por qué finalizó el conflicto de aquella manera y, desde entonces, fue un firme partidario de la teoría de la puñalada por la espalda.

En la confusa y caótica posguerra de la República de Weimar y aún en el ejército a Hitler se le encargó adoctrinar contra el pacifismo y el socialismo, a la vez que infiltrarse en varios partidos políticos como el Socialdemócrata austríaco o el Partido Obrero Alemán. En 1919 participó por vez primera en una reunión de este último y allí descubrió, o fue incitado a descubrir, SLI vocación política. Se retiró definitivamente del ejército y, afiliado a ese partido, su capacidad de maniobra le permitió hacerse pronto con la dirección. Le cambió el nombre por el de Partido Nacional Socialista y buscó el apoyo de un ex oficial llamado Ernst Rohm, que organizó para él un auténtico ejército privado, las Sturmabteilungen o SA, las secciones de asalto, fácilmente reconocibles por sus camisas de color pardo, que durante años lucharon a brazo partido en las calles contra sus equivalentes comunistas o socialistas.

Es un misterio cómo el minúsculo Partido Nazi empezó a multiplicar de pronto sus afiliados hasta el punto de que sólo cuatro años después contaba con los apoyos suficientes para promover el fallido golpe de Estado contra el gobierno bávaro. Y más extraño aún que, a pesar de lo ocurrido, no sólo no perdiera la confianza de los suyos ni que su formación política se resintiera, sino que, al contrario, las afiliaciones se produjeran por decenas de miles. En 1929, cuando se produjo la gran crisis financiera de Wall Street, el Partido Nazi contaba con cerca de 180000 afiliados y, en las siguientes elecciones generales obtuvo 107 diputados en el Reichstag o Parlamento. Tras una serie de crisis gubernamentales que degeneraron en una de Estado, las elecciones de 1932 le dieron la mayoría con 230 diputados.

Después se produjo el incendio del Reichstag, del que se acusó a un comunista de escasas luces, aunque siempre se sospechó que fue provocado por los propios nazis. El caso es que, en 1933, Hitler se hizo con el poder absoluto al declarar a los comunistas fuera de la ley. Todos los demás partidos se fueron disolviendo hasta que el 14 de julio, una fecha llamativa para cualquier conocedor de la Revolución francesa, Alemania se convirtió en un Estado monopartidista. Tras la eliminación de la competencia política vino la de las organizaciones sindicales y profesionales, el control de la prensa y la prohibición de sectas y sociedades secretas. En 1935, muerto el anciano Hindenburg, el único que había sido capaz de frenar relativamente las ambiciones políticas de Hitler, éste se hizo dueño definitivo de Alemania. Denunció el Tratado de Versalles, restableció el servicio militar obligatorio y creó la Luftwaffe o aviación militar. El resto es harto conocido.

¿Quién financió a Hitler a lo largo de ese camino? Los mismos banqueros internacionales que habían financiado la Revolución rusa. Entre ellos, el Mendelshon Bank de Amsterdam, controlado por los Warburg; el J. Henry Schroeder Bank, cuyo principal consejero legal era la firma Sullivan & Cromwell, a la que pertenecían como socios más antiguos John y Allen Foster Dulles, o la Standard Oil de Nueva Jersey, del clan Rockefeller. En este último caso, es interesante comprobar cómo las relaciones entre la petrolera estadounidense Standard Oil y la corporación petroquímica alemana I. G. Farben se prolongaron incluso durante los primeros años de la guerra. Una carta dirigida en 1939 por el vicepresidente de la compañía, Frank Howard, a sus socios controlados por el régimen nazi, insistía en que «hemos hecho todo lo posible por trazar proyectos y llegar a un modus vivendi, independientemente de que Estados Unidos entre o no en guerra».

Fritz Thyssen, hijo del magnate del acero y padre del barón Hans Heinrich Thyssen Bornemisza, escribió en 1941 un libro que levantó cierto escándalo, Yo pagué a Hitler, en el que explicaba cómo el caudillo nazi había conseguido, a través de sus gestiones, buena parte del dinero necesario para impulsar su proyecto político y cómo había roto con él a raíz de la invasión de Polonia. Según sus propias palabras, en 1931 gestionó la concesión de un primer crédito de 250000 marcos de la época mediante el banco holandés Voor Handel de Scheepvaart, cuyo socio norteamericano era el Banco de Inversiones W. A. Harriman. Un año después, el Partido Nacional Socialista había recibido unos tres millones de marcos. Otra entidad financiera controlada por banqueros holandeses que financiaron a Hitler fue la Union Banking Corporation, en cuya junta de directores se sentaba el abuelo del actual presidente de Estados Unidos, George W. Bush.

Un detalle más: el presidente del Banco Central de Alemania, Greeley Schacht, vinculado con la Banca Morgan norteamericana, fue uno de los principales encargados de alimentar, al principio de los años treinta, la inestabilidad que acabó haden do caer a los sucesivos cancilleres alemanes hasta que Adolf Hitler asumió el cargo.

¿Hitler conocía en aquella época la teoría sobre su supuesta descendencia de los Rothschild? ¿Utilizó ese argumento para convencer a los banqueros favoritos de los Illuminati de que él era «su hombre» y que en consecuencia les convenía apoyarle?

Además de los barones encargados de controlar la economía y las finanzas, Hitler necesitó el apoyo ideológico, y lo obtuvo, de ciertas organizaciones secretas, en principio no vinculadas con los Illuminati, pero tan ansiosas como ellos por llegar al poder y actuar desde él. Además de la Orden del Nuevo Temple de Adolf Lang (que se autoproclamaba sucesor del último gran maestre del Temple, Jacques de Molay, y que publicó la popular revista Ostara, en la que defendía las teorías de la eterna lucha entre la «verdadera humanidad» compuesta por la raza aria contra los «seres demoníacos» nacidos del «pecado sexual del bestialismo» cometido por los arios con miembros de razas inferiores), una de las principales influencias del régimen nazi fue la Sociedad Thule, creada por el barón Rudolf von Sebottendorf y considerada una filial de la Orden de los Germanos fundada en 1912.

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Fascinado por el esoterismo islámico e incansable viajero por diversos países orientales, Von Sebottendorf aseguraba haber entrado en contacto con iniciados drusos que recibían sus enseñanzas directamente del Rey del Mundo, quien dirigía los destinos de la humanidad desde la ciudad oculta de Shambala. Su objetivo, decía, era llevar a Occidente esas enseñanzas, y para ello nada mejor que fundar una sociedad secreta cuyo nombre hiciera honor al paradisíaco y maravilloso Reino de los Hiperbóreos, cuna de la raza aria primigenia, perdida más allá de las brumas y los hielos, pero cuyo linaje espiritual seguiría irradiando desde lo oculto.

La Thule, que según diversos expertos mantuvo vínculos con la Golden Dawn y con la OTO, se ramificaba en pequeños grupos secretos que reclutaban a sus seguidores sobre todo en el sur de Alemania. En ella militaron algunos de los más importantes y futuros cargos nazis, como el número dos del régimen, Rudolf Hess, a quien Hitler deseaba como sucesor suyo, pero cuya misión secreta en su vuelo solitario a Inglaterra terminó mal; el periodista y político Alfred Rosenberg, el filósofo e ideólogo de todo el movimiento nazi; el economista Gottfried Feder, cuyas tesis aplicadas desde la Secretaría de Estado del Ministerio de Economía y después como ministro de Comercio del Tercer Reich permitieron el llamado milagro económico nazi, o el abogado Hans Frank, posteriormente gobernador general de la Polonia ocupada.

Sin embargo, la figura central de ese círculo fue Dietrich Eckart, que introdujo a Hitler en la Sociedad Thule y que, según todos los indicios, fue su maestro personal en la transmisión de determinados conocimientos y prácticas mágicas. De hecho, cuando falleció inesperadamente en 1923, apenas un mes después del fracasado Putsch de la Cervecería, sus últimas palabras fueron: «Le hemos dado [a Hitler] los medios para comunicarse con “ellos”. Yo habré influido más en la historia que cualquier otro alemán […]. Hitler bailará, pero yo he compuesto la melodía.»

Ese enigmático «ellos» ¿a quiénes se refería exactamente? ¿A los Superiores Desconocidos de la tradición secreta?, ¿A los drusos contactados con el Rey del Mundo?, ¿a los Illuminati?

Entroncada con la Thule, aparece también la Sociedad del Vril o Logia Luminosa, cuyo dirigente más destacado era Karl Haushofer, quien también acabaría en el partido nazi en calidad de recaudador de contribuciones. Haushofer viajaba con asiduidad a Japón y la India, donde entabló relación con los miembros originales de esa organización y pidió permiso para establecer su rama europea. El Vril, aparte de uno de los factores del éxito de la anteriormente citada novela de Bulwer Lytton, era una forma de llamar a la energía universal detrás de todo lo aparente (el equivalente del Chi de los chinos, la Mente para los hermetistas, el Orgón de los experimentos de Wilhelm Reich, la Materia Oscura de la ciencia moderna…), y el Sol estaba considerado como su principal fuente para los seres humanos. Los miembros de la Sociedad del Vril saludaban todas las mañanas al astro rey elevando hacia él las palmas de las manos con los brazos extendidos. Haushofer fue, además, el creador del concepto de geopolítica, asignatura de la que era catedrático en la Universidad de Munich, que desde entonces ha sido utilizado a la hora de explicar las relaciones internacionales. Su ayudante en la universidad y también iniciado en la Sociedad del Vril era el mismo Rudolf Hess.

A estas influencias hay que sumar las corrientes teosóficas y ariosóficas que aún coleaban desde el siglo XIX. Las primeras, promocionadas por los seguidores de la sorprendente y misteriosa esoterista rusa madame Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica de Nueva York en 1875 y que escribió La doctrina secreta, una amalgama de ideas religiosas y filosóficas impregnadas de orientalismo, en la que la evolución humana es el relato de su degeneración desde un inicial estado de gracia divino. Blavatsky sostenía haber recibido una revelación sobre la existencia de una antiquísima civilización que se habría desarrollado en lo que hoy es el desierto de Gobi y cuyos descendientes vivían todavía en un reino subterráneo. Las segundas tendencias fueron las ariosóficas, promovidas por los seguidores de Guido von List, ocultista alemán partidario de reconstruir la antigua religión autóctona, que había sido violentamente sustituida por el cristianismo. Von List creó la Alta Orden Armánica, inicialmente integrada por diez personas a las que conducía por toda Alemania en busca de las huellas de Wotan y de la antigua cultura germana. La organización creció y fue estructurada en los tres clásicos grados de aprendiz, compañero y maestro, cada uno de los cuales tenía acceso a un nivel determinado de conocimiento.

Teósofos y ariosofistas utilizaron la esvástica como símbolo del acto creador de Dios: una forma de proyección de la energía a partir de Un centro fijo e inmutable.

La Orden Negra

Uno de los principales símbolos del régimen nazi fueron sus temidas SS o Schultz Staffeln, una organización elitista también conocida como la Orden Negra, porque además de utilizar uniformes de ese color había sido cuidadosamente planificada siguiendo modelos como el de las antiguas órdenes medievales. Tal y como explican Louis Pawels y Jacques Bergier en El retorno de los brujos, su existencia «no responde a ninguna necesidad política o militar, sino a una necesidad mágica»: la de crear una orden de guerreros escogidos, una suerte de «semidioses», encargados entre otras cosas de la protección del «dios» encarnado como Führer. Pero no sólo de eso.

Las SS constituyeron un auténtico Estado dentro del Estado, siguiendo la teoría de los círculos concéntricos de las sociedades secretas, puesto que estaban destinadas a perdurar una vez finalizara la segunda guerra mundial con la «previsible» victoria de las tropas alemanas. Los soldados de la Wehrmacht o ejército de Tierra podrían desmovilizarse, pero no así las unidades SS. Para asegurarse la correcta instrucción y entrenamiento de sus mandos, los jerarcas nazis adquirieron y remodelaron el castillo de Wewelsburg, en Westfalia. Su peculiar forma triangular debía constituir en el futuro la punta de una gigantesca lanza edificada de acuerdo con un colosal diseño arquitectónico en el que estaba previsto instalar oficinas, escuelas de oficiales, campos deportivos y todo tipo de instalaciones anexas cuando terminara el conflicto bélico.

En la mitología del nacionalsocialismo, los SS eran los nuevos ostrogodos (literalmente, los «dioses brillantes», puesto que godo es una palabra que deriva de Goth que en alemán significa «Dios»), los nuevos monjes guerreros, los nuevos templarios y caballeros teutónicos encargados de rechazar la amenaza de las hordas asiáticas sobre Europa en el pulso eterno entre Oriente y Occidente, así como de dirigir la Drachnach Osten o Marcha hacia el Este, que permitiría a los arios apoderarse de nuevas tierras y recursos para extender su dominio y su civilización.

Pero también eran los guardianes y constructores del modelo «definitivo» que garantizaría la unión del continente europeo: una Federación de las Patrias Carnales con capital en Viena, que presuponía la destrucción de todas las naciones y su sustitución por algo más de un centenar de autonomías o gobiernos regionales provistos de un poder político equivalente, aunque muy limitado por las directrices nazis. De esta manera, pensaban, se acabaría de una vez por todas con problemas como los de los Balcanes o el Ulster. En el caso de la península Ibérica, según revela Miguel Serrano en El Cordón Dorado, los planes de los SS pasaban por dividirla en doce regiones: Galicia. Asturias (con capital en Lugo), Duero (capital Valladolid), País Vasco (capital Pamplona), Aragón (capital Zaragoza), Cataluña (capital Barcelona), Extremadura (capital Badajoz), Guadalquivir (capital Sevilla), Bética (capital Granada), Levante (capital Valencia) y La Mancha (capital Madrid), a las que había que sumar Portugal norte (capital Oporto) y Portugal sur (capital Lisboa). Paradójicamente, el personaje escogido para dirigir retos de este calibre no podía tener una apariencia menos heroica, el Reichsführer o comandante supremo del cuerpo, Heinrich Himmler, un hombrecillo con aspecto de burócrata de segunda fila, aunque dotado de una mente organizativa y una capacidad de intriga asombrosas. Himmler era otro entusiasta de la astro logia, el ocultismo, la reencarnación y lo que hoy llamaríamos agricultura biológica. Estaba convencido de que en una vida anterior había sido el rey sajón Heinrich el Pajarero y lo cierto es que organizaba ceremonias anuales en su honor cada 2 de julio (en algunas ocasiones llegó a disfrazarse de caballero medieval).

Su obsesión por la Edad Media le llevó a crear una orden secreta dentro de los SS: un grupo de doce hombres escogidos entre sus mejores Obergruppenführer, u oficiales de alta graduación, que se sentaban junto a él en el castillo de Wewelsburg, en una sala de reuniones muy característica, en torno a una mesa redonda de roble macizo, como un remedo de Arturo y los caballeros de la Mesa Redonda. Esta especie de consejo supremo de la Orden Negra tomaba las decisiones en conjunto, aunque bajo la dirección del Reichsführer. Cada uno se acomodaba en su propio butacón de cuero, personalizado con una placa de plata que llevaba su nombre y su escudo de armas, y disponía en el castillo de un aposento decorado a su gusto, de acuerdo con distintas épocas históricas. La única manera de entrar en este «núcleo duro» era previo fallecimiento de uno de sus integrantes y votación del resto. Además, en la sala inferior, existía un sótano abovedado de piedra natural donde Himmler hizo construir un lugar de culto para los caballeros SS muertos. Contenía una especie de platillo de piedra en el centro de una depresión donde se quemarían los escudos de los fallecidos. Las urnas con las cenizas debían colocarse después en uno de los doce zócalos de piedra, uno por cada caballero, que se habían dispuesto en torno a la pared del sótano.

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